“De hecho en los momentos en
que no paras de pensar el sueño se vuelve ausente y las manos continúan su
trabajo, escriben y escriben para luego ver paso a paso lo que los ojos ciegos
no pueden mirar, pero que el corazón solitario a altas horas de la noche ha de
observar y vigilar”.
Era aún
temprano y ya sentía mi marchar, lejano hacia el horizonte con la voz
entristecida y la mirada por detrás. Cada paso, cada respiro, cada mirada, cada
suspiro; todos me recordaban que debía marcharme. Las voces de los dioses, la risa
de un semáforo; el tiempo no quería parar. Recuerdo tu voz, segura y precisa,
recuerdo tus labios, nerviosos y hermosos. Hoy me dejaste marchar para volver,
me diste las alas para poder continuar este corto vuelo con las esperanzas de volver
a ver en tu rostro aquella llama del desvelo. Más ahora me pregunto dónde
estarás que mis ojos son de espanto, mi corazón ya no es de palo y mis manos
cantan en conjunto; rosa sin espinas aún no te has marchitado, a la espera me
encuentro, cariño, en el ocaso de nuestro lazo.
Un bus directo al recuerdo llegó y
tu abrazo, dulce y tierno, en el mío se cobijó; luna llena dónde estás que mi
alma te necesita. Luego observé el paisaje y en cada árbol te veía, a cada
metro te sentía, a cada kilómetro moría; danzas en honor a nuestra alegría,
amor no pares sino se va mi vida.
Al final del día aquí me encuentro,
esperando de nuevo la llegada de nuestro reencuentro, el baile que jocoso se
interpone entre nuestro estruendo, cariño mío que con tu rostro del camino ya
me pierdo. Buscando rosas ya me encontraré y con mis manos una a una te daré, alargaré la espera, las
sonrisas y los abrazos; cariño mío, el futuro no predigo pero este es el
presente que así vivo.
Cristóbal Vásquez Quezada
16/10/11
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