Las gotas de lluvia rocían mi ventana, aquella que
se transluce en mi rostro; gotas que caen por mis mejillas en señal de gozo
cuando me quiebro al son de un simple esbozo. La lluvia en mi cuerpo refleja la
unión de este inhóspito deseo, las nubes que me impiden ver las estrellas me
cuentan lo que ocurre por allá afuera; chismes corren, chismes se arrastran con
el cantar de las palabras. Más en tus ojos veo la claridad del día, que me
sujeta en la caída y me mima con palabras suaves en tiempos de agonía; beso
fuerte y extenso, cubres hoy mi alma en consuelo. Las aves con la lluvia se
espantan, con el rocío de la madrugada en sus nidos se refugian; yo aún sigo
aquí, caminando por los designios de este brusco camino, esperando encontrarte
en algún punto de este destino. Pues ahí te veo, frágil y sincero, bajo aquella
piel que desde este mundo me lleva lejos; altos montes recorro y aún corro en
aquello que gozo me entrega.
En tus manos estás presente, nervioso y con miedos
nunca ausentes, que vuelan a lo alto de esta colina, pero que pretenden irse
lejos de toda alegría. Al fin y al cabo disfruto estas gotas que recorren mi
rostro, producto del amor y la alegría, de la felicidad y de la armonía;
gruesos muros han caído desde tu llegada… ¡Dulce amor que en este día de lluvia
aún siento tu mirada! Tus manos temblorosas, labios espantados, tiernos
abrazos, calor de enamorados, lluvia incesante el día no eres capaz de
arruinarme, porque a pesar de que has de mojarme a mi corazón que en gozo se
encuentra hoy en día no has de apagar; trata de no llevarme hacia atrás.
Cristóbal
Vásquez Quezada
12/10/11
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