Si contar árboles fuera el
trabajo de mi vida y el único paso hacia nuestra alegría, diría que cuantos
conté ya no recuerdo pero bajo la luz del día y números inciertos pude apoyar
mi cabeza y mirar correr nuestras siluetas por aquel verde tan expuesto. El
paisaje se extendía sin límites por mis sentidos, la brisa fue melodía para mis
angustias y tu pensamiento, divino y cortesano, me hacía recordar lo hermoso de
nuestra alegría cuando nos imaginaba correr por aquellos caudales llenos de
magia y cortesía. Hermoso ente que en mis sueños me protegiste, me cobijaste,
me abrazaste; mi sentido se perdía en la oscuridad de la noche y al cerrar mis
ojos, blanco te veías amor sin trasnoche. Podía ver aquellas ánimas correr al
sol de la carretera, pidiendo ayuda; lloraba por ellos y por la incompetencia
de mi inutilidad, sollozaba entre praderas por mi ayuda innecesaria, pero ahí
estabas, sereno y competente haciéndome compañía con aquel rostro sonriente. Te
pienso, te vivo, te recuerdo y suspiro. El camino se acortaba y me lamentaba
por no haber aprovechado cada segundo de tu recuerdo, los árboles se hacían más
pequeños y mi alma lloraba de desconsuelo. Cuando ya nada había ahí tú estabas,
sereno y contento, más luego de una semana de ligeros libertinos hasta el agua
de charcos eternos evito por llegar a ti, cariño
mío, que con ansias aún te espero.
Cristóbal Vásquez Quezada
12/11/2011
No hay comentarios:
Publicar un comentario