La oscuridad reflejaba sin luz ni sombra un rostro inerte
sin voz ni escoria, sus ojos miraban la luz de un cielo apagado y su voz, muda
e insensible, corría sin pies sobre las olas. Mágicas manos oían el silencio de
luces paranoicas, mientras que brazos inmóviles abrazaban la nada, llena de
amor y ternura.
Pisaba fuerte un paso desangrado y miraba a su alrededor,
más sus años le han cobrado la dicha de sus labios. Su piel no tersa, sus manos
arrugadas y su voz terca avisaban a gritos acorralados el paso de una larga
época; vejez que a raíz de surcos se manifiesta. Ramas grises descienden de un paraíso
de historias incontables, de fiestas fúnebres y de velorios paganos. Invitados
corrían de un lado a otro, mientras que en su gozo lloraba lágrimas sin
memoria, mi dulce cantora. Y mientras su vientre se abultaba continuaba
cantando a decibeles imperceptibles para esta historia; muero de pena y aún
canto glorias
La oscuridad reflejaba sin luz ni sombra un rostro inerte
sin voz ni escoria; racimo de uvas que una a una pudre su ternura, pierdo mi
voz, pierdo la memoria.
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