"Because at the end of the way you will find a light, the kind of light that never lies, the kind of truth that you will never find in another world. Feel free and write."

viernes, 15 de julio de 2011

Alas Extendidas (Cuento)


           La noche, protagonista de aquel semblante que iluminaba su imaginación, se hacía presente en el más altanero de sus corazones. Un sollozo, un alma que se corrompe con el sonido de su voz; una luz, incandescente esperanza que ciega a su gestor. Su voz anhelaba comprensión y sus lágrimas la atención del público ahí presente, su emoción la hacía pequeña, su llanto conspiraba contra su privacidad. Corría por aquel insípido bosque alertando a quien quisiera pasear por ahí, sus pasos marcados en el barro, su rostro un simple esbozo de su voz.
            Un amanecer volvía a sus recuerdos una frialdad de nunca acabar, el vacío se hacía inerte, su vista parece perecer. Huía Charlotte del encuentro con la muerte, su alma atónita callaba sin respirar; era solo el recuerdo de un mal sueño, pesadilla de nunca acabar. Sus brazos pequeños ilustraban la tensión de su gran hazaña, evadir a la muerte ¿es eso algo sobrenatural? La lluvia recorría su cuerpo, escultura valiosa de gran admiración. Un “Te  quiero” y una sonrisa había dejado atrás, en otro mundo, en otra parte, en otro amanecer.
            Su mente era aquel código difícil de descifrar que hacía referencia de una muerte por casualidad, tal vez algo intencional e increíble para ser real. El pesar oprimía su pecho y su voz se turbaba cada vez más, en sus manos se encontraba aquel cuchillo, aquel que a mejor vida le ha de llevar. Tenue caía la sangre, un recuerdo ha de dejar, la infidelidad de su esposo, la muerte le ha de llevar. Viajaba ella por el conocido túnel hacia la eternidad, su cuerpo fornido le hacía parecer irreal. ¿Era un hombre o una mujer? Nadie sabía, en su interior residía aquella dulzura que en un cuento ha de perder credibilidad, en su exterior se reflejaba la lucha, una lucha por la libertad.
            La noche ha acabado y sus recuerdos se han turbado más la desdicha le ha acorralado en un martirio hacia la eternidad, su gracia se ha perdido como aquel abismo sin final y en el fin de su vida terrenal le han visto asesinar. A gritos imploraba su protección en el cielo, el perdón de sus dioses, la canción de su desconsuelo; moribunda rodeaba a la intemperie pues sus manos le han sentido caer. ¡Pobre mujer que una perfecta vida llevaba! Desgraciado por siempre se ha vuelto su destino, más la luz de su amor ha perecido. Su hombre, el amor de su vida, muerto se encontraba en el suelo como si le pidiera que a través de un beso le diera vida. Ella lo sentía en su alma, sentía la unificación de sus corazones.
            Oscura y defectuosa caminaba la muerte hacia aquella alma que ya ha truncado su destino, la venganza de un amor que a golpes ha sido destruido. Aún sollozaba, su rostro decaído mostraba el error que había cometido y su corazón agitado, impactado se encontraba por aquel delirio. Corre y corre más nada puede hacer, su camino se estrechaba y se alargaba, ella se hacía más pequeña, Charlotte ha de desaparecer.
            El paraíso le había esperado por montones de años en su imaginación, la luz del Sol como ente persuasivo se hacía presente en el momento de su proliferación. Charlotte caía en el verde césped junto a su nuevo amigo, implorador de mentiras, de imaginación y de consuelo, mágico duende que a sus sueños ha de pervertir. Yacía ella tendida sobre una gran flor, un rojo intenso ha perturbado su pensamiento, su filosofía en un río ha desembocado hacía un mar de pensamientos, de aquellos que la pierden de la realidad. Su boca le llamaba y acariciaba sus labios, pues su nuevo amigo ya le ha aceptado. Sus manos grandes y poderosas le arrebatan su sensibilidad, su muerte se ha olvidado, ahora se ha convertido en paz. Tal vez aquella que buscaba, difícil de comprender pues su propia comprensión había desaparecido. En la eternidad de la noche se encontraba oculto el día, un campo de flores cantaba, en aquel momento, suceso que ella esperaba.
            Dos siluetas tendidas brillaban a la luz del Sol, amigo de todos, amigo del corazón. Luz le entregaba a su alma, felizmente se hacía aparecer, sus lágrimas se habían secado, el amor se ha visto florecer. Sonreía dulce y paciente, él la tomaba de la cintura y el Edén le mostró al amanecer. Un fruto prohibido, señal de sus penurias. Y en su mente se encontraban sus recuerdos, malhechores que atacan durante el sueño; su vida repelía la aventura, sincero corazón que dentro de su pecho había sido oprimido.
            De a poco extendía sus alas y una paz en el fondo la tocaba, llamaba a su amor, aquel que de repente se volvió de su porte. ¿Acaso es que ella ha crecido? Pues su sentir se expandía a dimensiones sin explicación, el roce de sus cuerpos, ilustre imaginación. De lágrimas eran invadidos los ojos de quienes observaban atentos a su desenlace que poco a poco se acercaba, mostrando en el final de sus vidas una alma liberada.
            “Pocos son los que lloran y rompen la encrucijada de sus vidas, muchos anhelan su libertad más ella les incita, les provoca estruendo en las llamaradas de su alma, aquella que con el pecho creen ser capaces de oprimir. En la distancia de sus memorias yace escondida dicha libertad que pocos logran conquistar, quien como en un juego de enamorados ha de participar. Siembran en sus corazones la dicha del amor, lloran por su pérdida, hasta en el mundo más hermoso capaces de representar. Libertad, amor, fieles representantes de nuestras almas hacia la eternidad”.
            Las luces se encendieron pues la función debía acabar, sus corazones entregados en un escenario, exposición del arte y del amor. Sus manos golpeaban su pecho, sus almas añoraban la libertad, lágrimas que reflejan su desempeño, esfuerzo que por muchos ha de fastidiar. Más aquí no termina su vida, acto tras acto ha observado su desdicha, es una dama llamaba Charlotte que luego de una obra ha conocido la libertad, libertad por el amor y por la entrega, ensueño que nunca ha de acabar.

Cristóbal Vásquez  Q.

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